viernes, 27 de junio de 2008

Besos de esos, en la noche

Curiosamente, en la retrospectiva me crucé con unos recuerdos que no siempre tengo presente, por eso es que no recuerdo la fecha ni el año. A algunos les resultará raro escucharme hablar de estos temas, que siempre tuve reservados; y les digo, no se equivocan, soy de los que dicen mucho y no dicen nada, o mejor dicho, de los que intentan dejar un mensaje entre líneas, pero tienen pésimos resultados.

Lo cierto es que me acorde de ese primer beso. Por alguna razón empezó a darme vueltas eso en la cabeza, y en una noche con ese recuerdo como musa inspiradora, fui capaz de idear versos de aceptación poética. Ahora, la luz y el viento y un amanecer invasor se llevaron las partes notables de esos pensamientos y quedaron restos humeantes, y despojados de toda poesía.

Unos cuantos años después de ese episodio entendí eso que decía Dolina: “No olviden nada, ni el olor a jazmín de los besos en la noche…”; lo pensé y era cierto, no se olvida el olor a jazmín, la torpeza del primer contacto, el fuego, el concierto disonante de hormonas y la adrenalina que copa todas las células del cuerpo.
Como olvidar esos besos húmedos, esos labios de seda, la respiración contenida y la alegría y locura posterior, en personas como yo que cualquier emoción tiende a escaparse por las ramas de la locura…y a los trece, catorce o quince años todo es locura, todo es alegría.
A esos primeros besos, en esa calle oscura, le sucedieron otros, en plazas, en parques, y en ese cuarto lleno de ruidos, similar a una sala de ensayos… pero, como era de esperar, todo termina, posiblemente haya habido algo de prohibido en esa relación, así que la dejé, me dejó, nos dejamos… fue fugaz, pero intenso, pocos se enteraron de ello, y la vida… ‘la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido’.

Después llegan otros besos, más tóxicos, más rutinarios y ordinarios, más adictivos y necesarios; con un tipo particular de encanto, a qué negarlo, pero que no reemplazan los anteriores, carecen de toda dulzura.
Y las ganas de volver… siempre volver: a esa calle oscura, a encontrarme con ese que fui alguna vez y que me diga ‘mira en que te convertiste’, pero volver al fin… Aún sabiendo que nadie se baña dos veces en el mismo río, que esa calle oscura hoy posiblemente esté tan iluminada como la calle Corrientes, que no va a haber adrenalina, ni hormonas, ni risas, ni llantos, ni locura, porque la rutina burguesa hizo estragos con mis sueños de adolescente, que posiblemente se sientan un poco traicionados, sabiéndose los más genuinos.

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