Inconcluso, es una palabra que denota, vulgarmente hablando, algo que no está terminado. Ahora bien, en la mayoría de las obras inconclusas, el carácter de ‘sin terminar’ se debe a fuerzas externas a la voluntad del autor. En este caso, la ‘in-conclusión’ resulta buscada, un hecho por lo menos curioso. Es decir, que el hecho de que este texto quede inconcluso sería mas bien una forma de éxito, aunque no literariamente hablando, por razones que sabrán entender.
Ahora bien, entrando de lleno en el cuerpo, debo advertir que las circunstancias me obligan a jugar con los tiempos verbales, a ir al pasado y volver al presente, a narrar de adelante para atrás, cosa que no se hacer, por lo tanto, dudo se entienda algo, pero, como los motivos no son la excelencia literaria, sigo con esta farsa. Esta, que se podrá leer como cuento, novela, o simplemente libreta de almacen por su incoherencia...
El hecho es que la rubia subió, y pudiendo elegir entre un par de asientos disponibles, se sentó en el que estaba al lado mío; yo que había estado la media hora anterior de viaje pensando que sería interesante vivir la experiencia ‘levante en un transporte público’ pensé (en los dos o tres segundos que tardó en llegar), qué podía decirle si se sentaba al lado. Tenía que ser algo desubicado, que roce lo poético pero sin disimular la estupidez, y así fue. El rebote iba a ser inevitable, así que mejor tirarle una frase ridícula que me excusara. Por otro lado, iba a ser más divertido, porque tenía menos ganas de hablar que de escribir:
Ahora bien, entrando de lleno en el cuerpo, debo advertir que las circunstancias me obligan a jugar con los tiempos verbales, a ir al pasado y volver al presente, a narrar de adelante para atrás, cosa que no se hacer, por lo tanto, dudo se entienda algo, pero, como los motivos no son la excelencia literaria, sigo con esta farsa. Esta, que se podrá leer como cuento, novela, o simplemente libreta de almacen por su incoherencia...
El hecho es que la rubia subió, y pudiendo elegir entre un par de asientos disponibles, se sentó en el que estaba al lado mío; yo que había estado la media hora anterior de viaje pensando que sería interesante vivir la experiencia ‘levante en un transporte público’ pensé (en los dos o tres segundos que tardó en llegar), qué podía decirle si se sentaba al lado. Tenía que ser algo desubicado, que roce lo poético pero sin disimular la estupidez, y así fue. El rebote iba a ser inevitable, así que mejor tirarle una frase ridícula que me excusara. Por otro lado, iba a ser más divertido, porque tenía menos ganas de hablar que de escribir:
-¿Te parece, ir conversando con un desconocido, en vez de cerrarte en la música de ese aparato (mp3)?
-(con sorpresa y frialdad profesional) No gracias…
Después de poner cara de ‘tengo todo bajo control’ abrí el cuaderno, y empecé a garabatear unas líneas. La línea más importante, era el título, grande, remarcado, y ahí, empezaba todo. Eso era lo importante, el resto eran líneas de relleno, que buscaban que lo predicho en el título se cumpliera.
Aclaro: lo grande del título era notable, exagerando, como para que lo vieran del asiento del fondo, asi que imaginese señora...
Entonces, comparando con un partido de fútbol: ya había probado pegarle de afuera del área, pero evidentemente pegué con zurda siendo diestro, y la mandé ahí donde el diablo perdió el poncho. Siguiendo con la analogía futbolera: ahora, había que hacer tiempo. De eso se trataba.
De repente en una mirada fugaz (para compensar las miradas de ella a eso que yo escribía tan convencido) veo que de su cartera se asomaba en forma de libro, la cara de un cantautor chileno, de la época de sangre y bombas en Latinoamérica, era Víctor Jara. Este detalle no era menor, primero porque supuse que le gustaba la literatura (y eso era interesante) pero además porque me hizo acordar que este muchacho también había dejado una obra inconclusa, aunque no por su voluntad, sino por una bota militar. Trate de recordar los últimos versos de ese poema:
Entonces, comparando con un partido de fútbol: ya había probado pegarle de afuera del área, pero evidentemente pegué con zurda siendo diestro, y la mandé ahí donde el diablo perdió el poncho. Siguiendo con la analogía futbolera: ahora, había que hacer tiempo. De eso se trataba.
De repente en una mirada fugaz (para compensar las miradas de ella a eso que yo escribía tan convencido) veo que de su cartera se asomaba en forma de libro, la cara de un cantautor chileno, de la época de sangre y bombas en Latinoamérica, era Víctor Jara. Este detalle no era menor, primero porque supuse que le gustaba la literatura (y eso era interesante) pero además porque me hizo acordar que este muchacho también había dejado una obra inconclusa, aunque no por su voluntad, sino por una bota militar. Trate de recordar los últimos versos de ese poema:
Canto, qué mal me sales
cuando tengo que cantar espanto.
Espanto como el que vivo
como el que muero, espanto.
…
Lo que veo nunca vi.
…
Lo que veo nunca vi.
Lo que he sentido y que siento
hará brotar el momento...
-Perdona… (dijo de pronto, se habia sacado los auriculares), estuve muy ‘mala onda’ recién…
-¿Eh?
-No nada… eso, vos con la mejor onda y yo re asquerosa…
-Ah, no pasa nada, no hay drama…
-¿Escribís?
-Perdona… (dijo de pronto, se habia sacado los auriculares), estuve muy ‘mala onda’ recién…
-¿Eh?
-No nada… eso, vos con la mejor onda y yo re asquerosa…
-Ah, no pasa nada, no hay drama…
-¿Escribís?
-No, no tanto, anoto nomás (risas); dame un minuto que redondeo una idea…